Wakako: ¿Otra gourmet solitaria?
- Matías Villagrán

- 25 sept 2025
- 4 min de lectura
Descubrí de nuevo la vida, y a mí mismo incluido,
saboreé todas las cosas buenas e incluso las cosas pequeñas
como no es fácil que otros puedan saborearlas.
Nietzsche

En Japón, la gastronomía aparece, quizá, en todas sus producciones de manga o anime. Sobre esto mismo, basta con observar algún título del mediamix japonés, y aguardar al momento de la historia en que los personajes se reúnen a degustar o compartir una comida o sólo alimentarse. Incluso si no aparece en escena, es vital que coman. Aunque no esté escrito en el guion o no esté dibujado en las escenas del manga, aparentemente, todos deben comer en algún momento. De otra forma, ¿pueden superarse, vencer o proteger al débil con el estómago vacío?
Aun así, en presencia absoluta de la comida, y, entre la constelación de géneros del manga y el anime identificables en la actualidad, existe una temática que realza el acto de comer y lo eleva a un a ritualidad contemplativa, proponiendo apreciar la gastronomía japonesa desde diversas dimensiones: El ryōri manga (料理漫画), ensalza a los grandes sectores demográficos (como el shoujo o el seinen), y condimenta subgéneros como el Slice of life o el Yaoi. Incluso, realza su potencial en producciones de otros medios, pasando por el anime y el live action, manifestándose en el cine, la televisión y hasta el internet. Entre los títulos de manga apetitosos (y rastreables) del ryōri, muchos de ellos expandidos a los demás formatos del mediamix, destacan producciones como Oishinbo (1983), Shōta no Sushi (1992), Kodoku no gurume (1997), Wakakozake (2011), ¡Food Wars!: Shokugeki no Soma (2012), entre otras.
De los títulos mencionados, existe uno no tan popular en este lado del planeta, que recaba méritos, aun por sobre la mano prolija que no posee, posiblemente por la ritualidad cansina que logra impregnar al cuerpo esperanzado o ansioso que observa. En este sentido Wakakozake (2015) aparece como un producto extraño que despierta el apetito del éxota con un menú distinto en cada comida. Originalmente, la idea inicia como manga, pero logra su acabado en la versión de anime. Sus doce capítulos de dos minutos de extensión, presentan distintos episodios de la vida de Wakako, una mujer solitaria que gusta de comer y beber después del trabajo en la oficina.
En cada capítulo se presenta un plato japonés diferente que evoca diversos recuerdos, reflexiones e incluso vehicula aprendizajes. A esto, se le agrega el ecosistema de las escenas, casi siempre en restoranes, donde Wakako ordena su comida y se cruza, de vez en cuando, con otros comensales que coexisten y se fugan de la trayectoria de la protagonista.
Su composición es breve pero compleja: perduran en la conciencia los desplazamientos en torno a la gastronomía y coctelería local japonesa. Siempre quedan en el plato indicios que complejizan las reflexiones del comensal observador. Es en esta brevedad y concisión, que la porción de espaciotiempo por la que circula wakako puede realmente significar un mensaje prolongado y una enseñanza sobre la supervivencia solitaria del cuerpo.
En este caso, dos minutos realmente pueden durar toda la vida.
Pero si bien, el andar de wakako, en su perezoso dibujo, resulta un encuentro con la solitaria convivencia que el habitante planetario resiste, existe un referente anterior que propone una visión existencialista y densa. En 1997, Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi, elaboraron una obra, difícil de ignorar si se aprecia la degustación y la soledad. El gourmet solitario (Kodoku no gurume), presenta a Goro Inogashira, un hombre adulto y solitario que recorre las calles en busca de sitios para comer.
En Goro el hambre cae cuando la soledad deja de ser opacada por el trabajo. Se muestra parco y mantiene encerrada una voz interior que no siempre está de acuerdo con lo que el cuerpo ejecuta. En la historia, Goro es solitario porque está encerrado. No se contacta con honestidad con las demás personas. Por alguna razón, teme. Es un cobarde y lo sabe, un extranjero en su propia nación, descolocado por el comportamiento social de sus compatriotas. Escapa de lo tradicional, de lo desprolijo y de lo errático hasta que logra conocerse a sí mismo.
Por su parte Wakako explora, contempla, como ídolo de sí misma, la impermanencia de su cuerpo.
Goro busca alejarse justamente de lo que sana: el contacto con las demás personas. Aun así, no quiere estar solo, pero tampoco quiere salir a buscar compañía.
Wakako prefiere, decide y sublima. Indudablemente, conoce formas de purificar el alma, siendo la comida y el alcohol, ejemplos prácticos. Siempre está sola, busca locales hasta que alguno llama su atención. Luego entra con expectativas de sorpresa. Así, siempre logra disfrutar la comida, mientras imagina o reflexiona sobre los acontecimientos que marcan su cuerpo.
Goro se abstiene de tomar alcohol, tanto como se abstiene de equivocarse. Lamentablemente, no puede evitar equivocarse.
Wakako acompaña sus comidas con la bebida alcohólica precisa. No teme beber en abundancia.
Goro, duda. Ordena su comida y muchas veces no encuentra lo que quiere. Luego reorganiza, pero nunca dimite. Siempre pide algo. Rehúye de llamar la atención. Encubre su comportamiento errático.
Wakako se hace cargo de su cuerpo.
Goro observa al resto.
Wakako, consciente del resto, se observa a sí misma.
Goro a medida que se desplaza, aprende de las marcas en su cuerpo y aterriza para estar con las personas. Así, morirá, igual que el resto, pero al menos estará solitario y no solo.
No está claro si Wakako teme.
Sin dudas, Wakakozake no es El Gourmet Solitario. Quizá es una metamorfosis en búsqueda de lo ulterior. Tiene su propia forma de funcionar y expresar una filosofía de vida tranquila y alejada del nihilismo. Es un anime modesto que hereda la sencillez y descuido con que su manga se presenta al público, pero, independiente de su forma, logra transmitir un mensaje claro acerca de la gastronomía local japonesa, la solemnidad al momento de la degustación y la vida alejada de la aceleración.




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